
Me aprieto el sentimiento
hasta que duele.
Ordeno al hábito
adquirido
y me delato
rezándote entre mis muslos.
Quizás debiera alejar el impulso.
Pero...
incluso si nos hundimos
solícitos
ante la excusa más abierta,
culparemos
a la luna rota.
Quizás herida por mis pecados.
Y la música esconde sangre acompasada.
Y los ojos temen miradas resbaladizas.
Y mi nombre es un camino fangoso.
Quizás incapaz de mostrarse erguido.
Me sirvo del contacto
perenne y sudoroso.
Llamo a la puerta
del sigilo
y me engaño
debilitándome bajo tu cuerpo.
Pero...
¿Qué somos?
Quizás cristales de aliento.
Y magnífico placer coleccionable.